Una noche pensaba en un cuento para que mi hija pudiera dormir, me miraba con sus enormes hermosos ojos muy abiertos como exigiéndome un cuento de princesas, hadas y que tuviera un final feliz. Así que inicié la historia sin saber muy bien lo que le diría:

“Había una vez un sujeto con una vida escasa de cosas especiales, que miraba mucho tiempo hacia abajo y muy poco hacia arriba. Un día sentado en una sala de espera, con la desesperación al borde del pánico, nervioso y con las manos frías. Y quién no estaría así a punto de pasar con el dentista? Levantaba la vista cada minuto para ver si el reloj pudiera mitigar su miedo o le diera alguna respuesta que esperaba desde hace años.
Fue durante su terrible espera cuando vio a la mujer más hermosa que jamás hubiera visto en toda su vida, ella entró y caminó tranquilamente por aquella enorme sala de espera.
La miró solo un segundo pues se intimidaba fácilmente, pues no era un príncipe que llevara una espada envainada, ni que peleara contra dragones, pero ese segundo bastó para que se sintiera totalmente perdido de amor por ella. Ahora nuestro chico estaba aun más nervioso, tembloroso con un escalofrío que le recorría la espalda pues quería hablar con ella, así fuera lo último que hiciera en su vida, pero no se atrevía, pasaron por su mente mil formas de acercarse a ella, como pedirle la hora o preguntarle qué problema podía tener en su hermosa sonrisa que la hiciera visitar al dentista pero todas eran formas tontas en el fondo para acercarse a tal princesa.
El tiempo pasaba y el enorme reloj en la pared no podía perdonar un solo movimiento de sus manecillas. Este hombre tenía que juntar todo su valor para acercarse ya que su tiempo juntos acabaría pronto, al fin el chico se puso de pie y caminó hacia ella pero al tener su ojos de cielo fijos en él sólo se atrevió a preguntarle el camino para llegar al baño, ella le sonrió y le dio una respuesta bastante detallada para un baño que estaba al fondo de la habitación. Al fondo una voz interrumpió su momento, habían dicho el nombre de la chica, era un nombre tan hermoso, más que el de una princesa, ese nombre era digno de un ángel.
Ella se levantó de su asiento y caminó a donde se encontraba el doctor.
El príncipe pensó que su cuento había terminado, pero él no permitiría que acabará, al menos no de esa forma. Al final la esperó fuera del consultorio y cuando la vio salir le dijo que la había amado por un segundo y que estaba seguro que ese segundo duraría por toda su vida. La princesa-ángel contestó ámame cada uno de mis segundos y mi corazón estará a tu lado toda la eternidad.”

Miré a mi hija que parecía feliz con el cuento y luego le dije que así es como había conocido a su madre. La sonrisa broto en su rostro y revivió en el mío.